Los Elegidos D-Link

Todo futuro está aquí para quedarse. El problema es que hay muchos futuros pero falta espacio para todos. La "Web 2.0" abrió internet a los que no teníamos idea de computación. De la noche a la mañana pudimos postear comentarios en blogs; subir nuestras fotos a los fotologs; coordinarnos para hacer revoluciones sin que los medios de comunicación se enteraran; darnos a conocer en Facebook, allí recuperar amigos perdidos hace décadas; Google hizo posible encontrar cualquier cosa que quisiéramos... y todo sin necesitar a webmaster alguno. Sólo nosotros, nuestros dedos y nuestro teclado.

¿Y ahora qué?

Si existe una web 2.0 es porque antes existió una 1.0, y probablemente –aunque los nombres de este bautizo no son todo lo creativos que uno espera de gente que respira internet– existirá una web 3.0. La web 1.0 es hoy una pieza de museo, pero su creación en 1991 hizo posible que internet se transformara en el monstruo que es hoy. La idea tras ella era de un científico inglés que trabajaba para la Organización Europea para la Investigación Nuclear, llamado Tim Berners–Lee. Él fue el promotor del hipertexto, es decir, la facultad que tiene una parte del texto que vemos en pantalla (esas letras generalmente azules) de llevarnos (si es que ponemos la flechita–manito del mouse encima y hacemos click) a otro texto, con otros hipertextos. Haciendo honor al giro de la institución que cobijó esta innovación, internet explotó, se llenó de páginas web, y hubo el alza y hubo la caída de las empresas punto com.

Mientras todo el mundo se preguntaba qué iba a ocurrir en momentos en que la promesa de dinero rápido reventaba como globo de cumpleaños infantil, el irlandés Tim O'Reilly –hoy uno de los más grandes propulsores del movimiento de código abierto– organizó una conferencia en 2003 a la que llamó "web 2.0" y en la que, básicamente, describió con bastante certeza cómo iba a ser el futuro de la web... que es el presente de la web.

Pero la web, más que un asunto de nombres y progresiones numéricas, tiene un problema ontológico: mientras más fácil se hace buscar los datos, más crece la cantidad de datos, y por lo tanto, cada vez es más difícil obtener lo que uno anda buscando. Google, la empresa–símbolo de la web 2.0, aquella que transformó la antigua búsqueda a través de directorios temáticos en una potente y eficiente herramienta casi mágica que permite encontrar lo que uno busca simplemente tecleando palabras, se hizo cargo de este problema. Y todo indica que lo seguirá haciendo por un buen rato.

Pero hay gente que piensa que en algún momento el sistema de búsqueda de Google (basado en un algoritmo que se expresa en un programa llamado "pagerank") no dará abasto. Y entra aquí la idea de una web 3.0, una que en teoría reemplazará a lo que existe hoy.

Google, desde luego, mira un poco por sobre el hombro esta idea de una web 3.0 revolucionaria. Eric Schmidt, gerente General de Google, no le dio demasiada importancia cuando ocupó el podio en una conferencia en Corea el año pasado. "La web 3.0 va a ser, al final", dijo, "varias aplicaciones ensambladas. Las aplicaciones serán relativamente pequeñas, los datos estarán en todas partes y podrán correr en cualquier aparato, computador o teléfono móvil. Serán muy rápidas, muy personalizadas y, lo que es más, se repartirán en forma viral, literalmente a través de redes sociales, por mail. No irás a la tienda a comprarlas". Otros expertos sostienen que hablar de Web 3.0 es, derechamente, una herramienta de publicidad y relaciones públicas para vender productos que aún son de web 2.0.

Sin embargo, el problema del crecimiento inmanejable de los sitios, páginas y datos –el petróleo que explota Google– sigue ahí. Y un viejo conocido ha estado muy preocupado del tema.

En 2001, en un artículo publicado en la revista Scientific American, Tim Berners–Lee, el inventor de la web, junto a otros autores, dio a conocer al mundo una nueva idea: la red semántica. Va más o menos así: una señora va al doctor con su hija. El doctor le dice que tendrá que someterse a una terapia. La hija, simplemente apretando botones en su celular, consigue 1) que su "agente de web semántica" encuentre información del tratamiento prescrito para su mamá desde el "agente de web semántica" del buen doctor; 2) que el infrascrito "agente" cree una lista de proveedores que den el tratamiento, que sean compatibles con el plan de salud de mamá y que estén a 30 kilómetros de la casa; y 3) que más encima los categorice de mejor a peor. El "agente web", además, se comunicará con el "agente web" de mamá, de papá, de los proveedores y revisará una hora que todos tengan libre para que finalmente la señora tome una hora médica. ¡Bingo!

El "agente web" no es, evidentemente, humano, sino un programa "volante" que entra y sale de bases de datos, coteja y recopila la información y se comunica con otros programas volantes. ¿Sería distinto de lo que tenemos hoy, en que al final, googleando y googleando, podemos conseguir la bendita información? Bueno, que en la –eventual– era de la red semántica, el "googlear y googlear" será ejecutado por la propia red.

"La mayor parte del contenido actual de la web, sostenían los autores de este artículo, está hecho para que los humanos lo lean, no para que los computadores lo manipulen con significado". Lo que proponían en ese artículo era una suerte de web que "supiera" lo que uno necesitaba. Desde luego, no era una web pensante a la manera de la computadora de la película "2001, Odisea del Espacio", se apresuraban en aclarar los autores, sino una cuyo lenguaje –el lenguaje que se usa para escribir, para programar páginas web– pudiera expresar significado. La versión online de este artículo, por ejemplo, hoy podría tener los descriptores "web 3.0", "futuro", y mi nombre para que Google lo encuentre en internet. ¿Pero qué tal si en el mundo de la web semántica, esos descriptores transmitieran al agente, además, las horas en que estoy en la oficina, por si alguien quiere ubicarme; o las otras cosas que he escrito, o aquellas en las que me basé para escribir esto; o los datos de cómo ubicar al mismísimo Tim Berners–Lee?

Uno de los más grandes promotores de la idea de la web semántica hoy es Nova Spivack, el fundador de Radar Networks, una empresa que ha gastado decenas de millones de dólares en crear sitios basados en esta idea; algunos son buscadores y uno de ellos es Twine, una suerte de Facebook "inteligente" (un "artificialmente inteligente asistente web", lo denomina), que está en etapa de prueba y al que hay que ingresar a una larga lista de espera antes de que le den a uno autorización para usarlo.

Spivack se ha hecho famoso por su definición del desarrollo cronológico de internet. Según él, los ochenta fueron del computador personal y las carpetas; los noventa de la web 1.0 y de los directorios; esta década es de la web 2.0 y las búsquedas por palabras clave; la del 2010 será la de la red semántica, la web 3.0... y hasta avizora, por allá por el 2025, un web 4.0: una que sea capaz de razonar. En la última entrada de su blog (12 de julio, al cierre de esta edición), Spivack había decretado la muerte de... los blogs, o más bien, la transferencia de su contenido a nuevos formatos como su "guagua" Twine. Esos formatos él los llama "redes de interés" (ojo: Facebook es una "red social"). "Las redes de interés, creo, son la próxima evolución de los medios sociales. El próximo paso después de los blogs, agregadores, páginas personales y redes sociales. Los junta a todos en una nueva síntesis, que es, finalmente, lo que todos queremos lograr con todas esas herramientas separadas. Las redes de interés son un gran salto hacia un ambiente de medios sociales más unificado, productivo y manejable".

En octubre del año pasado, Tim O'Reilly se enfrascó en su blog en un activo intercambio con Spivack. "Web 2.0 era un nombre bien malo para lo que estaba pasando, así que no sé por qué queremos incrementarlo a web 3.0. Pero cuando la gente me pregunta sobre la web 3.0, no pienso para nada en la red semántica". Para O'Really, lo que sea que venga en la red tendrá que ver con un incremento notorio en la calidad de lo que tenemos hoy: "Un mundo en el que la inteligencia colectiva emerja no solo de personas tecleando en un computador, sino de la instrumentalización de nuestras actividades". ¿Ejemplos? Wesabe, un sitio que toma la información de los gastos que hace uno con la tarjeta de crédito y lo ayuda a uno a manejar las finanzas personales (y gastar menos). Jaiku, otro sitio, que permite llevar la lista de contactos al celular.

Si hasta el momento cuesta imaginarse de qué se trata todo esto... bueno, es porque estamos hablando del futuro, y al futuro lo estamos esperando. Pero también costaba imaginarse el hipertexto en los ochenta, o a Google en los noventa. Para comerse el pastel del futuro, dice O'Reilly, habrá que esperar a que éste salga del horno.

Los próximos 5 mil días de la web

En diciembre del año pasado la web cumplió cinco mil días, y Kevin Kelly, escritor, biólogo, empresario y director ejecutivo de la revista Wired, dio una conferencia en la que se aventuró a pronosticar cómo iban a ser los próximos cinco mil de la red.

Considerando que hace cinco mil días la mera idea de la web como es hoy (gratuita, mapas satelitales, teléfono, películas, compra de pasajes, de entradas, mensajes de texto al teléfono) era una suerte de fantasía, Kelly piensa en grande para el futuro. No en vano es el creador de "Long Now Foundation", entidad que tiene como misión imaginarse cómo será la humanidad en 10 mil años.

Aquí algunas de sus predicciones sólo para los próximos 13:

La web será una sola y gran máquina. Con ocho terabytes de tráfico por segundo (un terabyte son mil gigabytes), 255 exabytes de información guardada en forma magnética (uf, un millón de terabytes) y consumiendo el cinco por ciento de la electricidad del planeta, la red hoy no es chica. Y se dobla en tamaño cada dos años.

Todas las ventanas miran a la red. Hoy estamos, según Kelly, en el inicio de este proceso. Los teléfonos se asoman a la web cada vez más, si no, pregúntele a su Blackberry. Así, cada pequeño aparato –teléfonos, computadores personales o portátiles– es en realidad una ventana a la web. Pero falta que las teles miren a la red… o que cosas inimaginables hasta ahora lo hagan, como los autos.

Será "la internet de las cosas". ¿Por qué un auto no puede ser una ventana también? ¿Por qué no sacar el programa que gobierna el sistema ABS de dentro del auto, y dejarlo en la red, de manera que el auto se comunique con ella para hacer funcionar el sistema de frenos? ¿O que el cepillo de dientes recuerde la forma de tu dentadura (que está en la red también)?

Hay un precio que pagar. Y es que la forma de la dentadura de uno esté en la web. Que seamos absolutamente dependientes de la red para recordar todo. Pero Kelly dice que hace miles de años nos hicimos igual de dependientes al alfabeto, y que nos ha ido lo más bien así.

Fuente: Alfredo Sepúlveda, Revista El Sábado

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